Testimonios
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Testimonios | UN TESTIMONIO QUE TOCARÁ LAS FIBRAS DE TU CORAZÓN |
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| miércoles, 19 de marzo de 2008 | |
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“ POR FIN LIBRE EN CRISTO JESÚS ”
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ORACIONES DE PODER No. 2, trae oraciones que al hacerlas, creyendo el poder sanador del Espíritu Santo fluirá y te sanará. Contiene muchos testimonios que edificarán tu vida.
MI VIDA EN LIBERTAD: Nunca conocí a mi madre ni a nadie relacionado con ella; fue mi abuelita paterna quien se encargó de mí y me cuidó con amor, desde mi nacimiento. Nadie me ha amado tanto como ella, me dio todo el afecto, cariño, amor, comprensión, aceptación y cuidados necesarios para ser una niña equilibrada. Mi mundo era ella y vivía feliz en su compañía en la finca ubicada en un caserío llamado La Vuelta.
Como una niña de color café, nací en Tadó, un pueblo del departamento del Chocó, en la costa pacífica de Colombia; un 14 de febrero de 19...
Nunca conocí a mi madre ni a nadie relacionado con ella; fue mi abuelita paterna quien se encargó de mí y me cuidó con amor, desde mi nacimiento. Nadie me ha amado tanto como ella, me dio todo el afecto, cariño, amor, comprensión, aceptación y cuidados necesarios para ser una niña equilibrada. Mi mundo era ella y vivía feliz en su compañía en la finca ubicada en un caserío llamado La Vuelta.
Cuando llegó la edad de estudiar, fue necesario desplazarme hasta el pueblo y vivir en casa de una profesora de lunes a viernes. Los fines de semana y las vacaciones, permanecía con mi abuela.
Un día, llegó mi abuelita a casa de la profesora para decirme que viajaría lejos, a Andagoya, para ser sometida a un chequeo médico. Me prometió regresar lo más pronto posible y ante mi súplica de viajar con ella, me repetía cuánto me quería y que no me olvidaría. Yo tenía para entonces unos ocho años. En Andagoya fue internada en el hospital y sometida a una intervención quirúrgica. No la soportó y murió durante la operación.
Era muy temprano, aún no aclaraba el día, cuando alguien golpeó fuerte en la puerta de la casa de la profesora. Me desperté sobresaltada y oí una voz que comentaba: vengo por la niña para llevarla a Andagoya, la madre de su papá falleció. No entendí bien el significado de lo expresado, pero recuerdo, me encogí sobre la cama y me puse a llorar.
Yo misma me vestí y alisté mis pocas pertenencias en una bolsa pequeña. Me subieron a una lancha. Viajé por primera vez sola, unas ocho horas, cambiando de transporte, a veces en chiva, otras en lancha. Recuerdo que en la primera lancha el frío era tan terrible que casi me congelo. Nadie se fijaba en mí, no sé cómo llegué, no recibí alimento ni abrigo durante el viaje. Por fin llegué a mi destino. En el puerto, en Andagoya, me esperaba mi papá, no lo conocía, era la primera vez que lo veía.
Me llevaron a la casa donde estaba ese ser a quien tanto amaba, acostada dentro de una caja de madera, yo la acaricié, le hablaba, le abría los ojos, pero ella no me respondía. Para mí era difícil entender lo que pasaba. Asistí al entierro. Mi padre trabajaba en una compañía extranjera y lo querían mucho, así que todos sus compañeros y amigos lo acompañaron.
A partir del día del entierro, empezó para mí una vida diferente, cuyos ingredientes mas importantes han sido la soledad y el vacío.
Vivía en casa de mi padre, él la compartía con la mujer que tenía para entonces. Soñaba a diario con mi abuela después de muerta, la sentía en todo momento, a medida que pasaba el tiempo, la necesitaba más, la buscaba, no quería comer, lloraba mucho. Salía sola a caminar. Había una colina a la cual subía con frecuencia, allí creía que la veía y que sentía su presencia. Esperaba siempre su aparición y no me causaba temor, pero era tanta mi ansiedad, que sentía que el corazón latía fuerte y rápido, la cabeza me crecía, el pelo se erizaba y la piel se encogía y enfriaba.
Quería tocarla pero no podía, parecía una nube, me conformaba con verla y por eso buscaba la soledad de la colina para compartirla con ella. Era mi secreto, temía contar lo que veía y que me prohibieran volver a aquel lugar.
No entendía el proceso de la muerte y no sabía por qué ella no regresaba junto a mí; extrañaba sus caricias, su amor, sus cuidados. Deseaba que ella viniera y me llevara a donde estaba, no quería vivir sin ella. Enfermé, era una niña flaca y pálida. Fue necesario que me llevaran al médico, e incluso me hicieron “rezos” para separarme de ella. No la volví a ver ni a sentir y mi soledad crecía.
Estudiaba en una escuela, era excelente estudiante, esto motivaba que mi padre se sintiera orgulloso de mí. Se lo decía a todos, pero jamás me lo expresaba. Nunca sentí su afecto, ni recibí elogios o su aprobación. Su presencia significaba castigo, ya que solo se dirigía a mí, cuando alguna de mis madrastras había dado quejas para que él me reprendiera. Siempre fui la mejor estudiante en primaria y bachillerato, recibía felicitaciones, premios, medallas, matrícula de honor, beca; jamás pude compartir mis éxitos con alguien; no había una persona que recibiera mis boletines de notas.
Hasta quinto de primaria estudié en Andagoya, luego fui internada por dos años en Quibdó y después, vivía en pensiones (casas de familia donde recibían estudiantes). Mi vida era solitaria, iba y venía sin que nadie me tomara en cuenta. Las decisiones eran mías, nadie aprobaba o desaprobaba mis actos. Mi padre se conformaba con girarme lo necesario para vivir. Cambiaba con frecuencia de pensión porque era de mal genio y problemática para comer, nada me gustaba.
No sabía lo que era menstruación, hacía quinto de primaria y un día me sorprendió un sangrado que bajaba por entre mis piernas y no paraba. No me atrevía a contar, tenía miedo que creyeran había hecho algo malo y me castigaran. En mi desesperación se me ocurrió ir al río y allí permanecí todo el día, salía, veía que el sangrado no paraba y volvía a meterme dentro del agua. Era tarde y debía regresar a casa, lo hice sigilosamente, con temor. Alguien en la casa se dio cuenta y mi madrastra no me regañó, me explicó que se trataba del desarrollo y que a partir de ese día, dejaba de ser niña para empezar a ser una mujercita, me enseñó cómo arreglarme. Como en ésta ocasión, nunca fui preparada para enfrentar las dificultades propias de cada edad.
En mi soledad, pensaba en mi madre, no me hablaban de ella. Sentía resentimiento contra mi padre por no haberme permitido tenerla. Todas mis compañeras tenían una mamá y yo las envidiaba y deseaba ser como ellas. De niña enfermé con frecuencia, sentía severos dolores de estómago y diarrea. No tenía a quien contarle y me sentaba sola en algún sitio para llorar y apretarme el estómago. No tenía amiguitos ni primos. Era sola.
Terminé mis estudios como normalista superior con gran éxito. Validé el bachillerato y entré a trabajar como profesora en la empresa donde laboraba mi padre. Permanecí un año y ahorré cuanto pude. La compañía rifó una beca entre los hijos de los trabajadores para hacer estudios superiores, gané la beca entre todos los inscritos y pude realizar mi gran sueño: viajar a Bogotá y entrar a estudiar en la Pontificia Universidad Javeriana.
Con grandes dificultades económicas pude culminar mis estudios. Al recibir mi grado mi hijo mayor tenía casi tres años y estaba embarazada de mi segundo hijo. Hacía unos años me había casado, presionada por mis profesores, sacerdotes jesuitas. Ellos me querían profundamente y creían era lo mejor para mí. Nunca entre mis planes consideré el matrimonio. Después del nacimiento de mi tercer hijo, decidí que no podía mas. Sufrí muchísimo al tomar la decisión de irme del hogar me sentía obligada a hacerlo, no quería compartir mas con el padre de mis hijos. Siempre fui libre y sola, no soporté el matrimonio.
Progresé económicamente, no quería parar en mi carrera ascendente, ayudé a muchas personas, tenía gran cantidad de amigos, vivía feliz, mi soledad solo se sentía al llegar al apartamento donde vivía y entonces lo dejaba, me dirigía a una taberna y me sentaba a beber con mis amigos. No fui alcohólica, bailaba mucho, viajaba, paseaba. Un día cometí un error pequeño en la confirmación de un documento que había falsificado y fui arrestada, llevada a la cárcel, procesada y condenada a 87 meses de prisión.
Mi vida cambió, soy una mujer emprendedora de cosas buenas, bendecida para bendecir a otros... Con sueños y visiones y destino claro, impulsada por el poder que levantó a Cristo de entre los muertos para ayudar al caido...
Duro? Si! pero es una realidad que muchas personas viven...
Tu puedes hacerte libre en Cristo. Te invito a leer mi libro POR FIN LIBRE
Y... ¡Sonrie! ¡Cristo te ama!
Evi Perea
Escritora-Autora Conferencista Pastora
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| Modificado el ( viernes, 18 de abril de 2008 ) |


